Ni en eso nuestros políticos resultan medianamente originales, ni siquiera en la mezquindad.  El discurso de que uno de los causantes, origen y efecto de nuestros males económicos puede identificarse con la escuela y, por tanto (continúa el discurso)  con sus docentes y sus formas de trabajo y enseñanza, es un discurso, si permiten, una coplilla, cuyo sonsonete se hizo popular a partir de las políticas de la célebre tonadillera neoliberal doña Margaret Thatcher, las llamadas también políticas de la Nueva Derecha (hijos y nietos herederos  de la Vieja Derecha), en los territorios, incluyendo las colonias, donde gobernó entre  1979 a 1990 sin olvidar, cómo no, que presidió el Ministerio de Educación entre 1970 a 1974.

Así, en una lucha sin cuartel por introducir el Mercado y sus leyes propias y exclusivas, no sólo en  la vida económica y social de los ciudadanos, sino también y a través de la privatización de servicios públicos, introducirlo por el orificio en que remata el conducto digestivo de algunos –la mayoría- de esos ciudadanos que no pertenecían a la minoría acaudalada, tanto la Thatcher como su pareja de cante allende los mares, Ronald Reagan,  hace ya más de veinte años, utilizaron lo que se define como la “cultura de la culpa” hacia el colectivo docente.

El esquema es sencillo:

1.- El país tiene problemas sociales con un proceso de empobrecimiento y de aumento de las desigualdades a pasos de gigante debido a las políticas neoliberales tendentes a que el Estado deje de cumplir con sus obligaciones (aquellas por las que las personas pagan impuestos) y, en su lugar, si esas antiguas obligaciones son en algo rentables, las asuman entidades privadas que convierten el “derecho de la persona” en “producto a la venta” (hecho observado y reseñable a modo de adenda: es posible que si son “altamente rentables” pueda ocurrir que esas entidades pertenezcan a familiares, amigos y personas íntimamente vinculadas a políticos responsables de la privatización).

2.- Como argumentos iniciales para justificar que “cada uno se las arregle como pueda” pueden utilizarse, entre otros, algunos de los siguientes:

 “no hay más remedio”,

“las cosas son así porque no pueden ser de otra manera”,

“es duro, pero todos tenemos que tirar del carro”,

“hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”

Entre otros.

Esos argumentos pueden ser traducidos a diferentes idiomas, pero propios, propios, lo que se dice autóctonos de nuestro país son los siguientes:

“la culpa es de Zapatero”,

“la culpa es de la Merkel”,

“está lloviendo”

“gracias, pero no voy a contestar a eso…”

“….”

Entre otros.

3.- Llega un momento en que el personal (la ciudadanía) va cayendo en la cuenta en que los argumentos del punto 2 son arbitrarios, insuficientes para explicar nada y que, en todo caso,  son argumentos que las autoridades políticas utilizan para la justificación de decisiones discrecionales, a veces carentes de razón y casi siempre carentes de humanidad. Es entonces cuando resulta conveniente desde un punto de vista de supervivencia política, identificar en personas y colectivos la responsabilidad del deterioro de la vida y la necesidad de medidas drásticas. Y es ahí donde entra la escuela y donde aparecen los maestros y maestras (también están los médicos y hospitales así como colectivos profesionales más “invisibilizados” como las personas que trabajan en los servicios sociales, y siempre resulta útil aplastar sin llegar a triturar, es decir, machacar, a la clase media que es al fin y a la postre la que puede aportar recursos y lo más bonito: ni se entera).

4.- En el caso de las escuelas y los maestros y maestras hay dos vías por las que se introduce el virus de la culpabilidad:

– Argumentar que nuestros escolares salen mal preparados de una escuela que, consecuentemente, prepara mal porque, en consecuencia, dispone de un cuerpo docente mediocre.

– Demostrar que esa mediocridad se ubica fundamentalmente en la escuela pública, allí donde los maestros y maestras son funcionarios, es decir, gente que tiene un “trabajo seguro”, muchas vacaciones y poca preparación (por ejemplo, muchos de ellos no saben ni por dónde pasa el Duero). En tiempos de crisis en los que las cifras de paro son humillantes para cualquier gobierno con cierto sentido de la dignidad, si hubiere movimientos de protesta por parte del colectivo docente, resulta conveniente insistir por parte del poder político que se precie de mezquino, lelo y escaso de razón en el hecho de que “encima que disponen de un trabajo seguro van y protestan, como si no hubiera gente en peores condiciones…”.

 Y es que resulta fácil, a fuerza de repetirlo machaconamente, pensar que “algo se estará haciendo mal” desde la escuela cuando resulta que en los ranking internacionales el nombre de nuestro país suele aparecer en posiciones de deshonor. Resulta llamativo, pero absolutamente comprensible, que a esos responsables políticos faltos de nobleza de espíritu (en suma, de nuevo mezquinos) ni se les ocurra que la responsabilidad podría recaer en ellos y ellas y sus malditas políticas educativas erráticas, cicateras y con escaso futuro en cuanto capacidad de ordenar medianamente eso que llamamos educación.

Próxima entrega: CÓMO MANIPULAR A TRAVÉS DEL RANKING



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